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martes, 8 de noviembre de 2022

2022. EXCAVACIÓN EN MESA DE FORNES, GRANADA: UNA MIRADA DESDE EL CIELO

 

1. La Mesa de Fornes, desde el oeste, según panorámica obtenida de varias imágenes extraídas del vídeo grabado el 30 de octubre. En el extremo de la izquierda se aprecia la torre de vigilancia forestal que señala el límite meridional del asentamiento protohistórico. (Vuelo de dron realizado por A. Centeno).

En la Mesa de Fornes, por primera vez, desde mediados del pasado octubre, a partir del día 14 y durante todos los fines de semana hasta el puente festivo de Todos los Santos, se han desarrollado excavaciones arqueológicas dirigidas por el catedrático doctor don Andrés María Adroher Auroux, el concurso de un grupo de miembros de la Universidad de Granada y del Centro de Estudios de Arqueología Bastetana (CEAB), así como voluntarios de Fornes, junto al auspicio financiero del Ayuntamiento de la localidad granadina y de la Excma. Diputación Provincial. Los trabajos se han venido realizando en el viejo y conocido sitio arqueológico del que ya hemos dado abundantes referencias en otro espacio digital (https://japr5.blogspot.com/search?q=Fornes), así como en alguno de los posts incluidos en la página que en Facebook hemos creado al amparo de este acontecimiento eilustrar lo que iba sucediendo (https://www.facebook.com/groups/912610739708506/permalink/913341036302143/), junto a otras aportaciones científicas, cuyas referencias bibliográficas han sido recogidas en esas dos direcciones digitales, por lo que no vamos a tener que extendernos aquí en esos particulares.

El hecho es que los resultados obtenidos por esta primera investigación de campo han superado prácticamente todas las expectativas que se habían venido suscitando, por lo que cabe esperarse la continuidad de los trabajos en sucesivas campañas futuras y que las humildes aportaciones económicas recibidas hasta ahora puedan crecer para compensar con mayor suficiencia las muchas y obligadas necesidades que demanda un yacimiento arqueológico con las características patrimoniales tan peculiares como las que se reúnen en él.

Sin tener que desgranar en profundidad los resultados de la investigación desarrollada, que deberán esperar a la publicación oficial de los primeros análisis proyectados por la excavación, el empleo de nuevos elementos de visualización innovadores, con los que se ha podido contar, han aportado a esta investigación elementos de juicio que, de otro modo, serían más difíciles de consideración y perjudicarían la comprensión de conjunto que necesitará la explicación global del sitio. Nos referimos específicamente a las posibilidades de representación, visualización y de análisis gráfico que hoy ofrecen los vuelos de dron, aplicados a la arqueología (https://www.academia.edu/80060282/Dro-nes_in_Archaeology_State_of_the_art_and_Future_Perspectives), técnica que en esta ocasión hemos podido utilizar con determinadas variables, aprovechando las ventajas que estos pequeños artilugios ofrecen ante aviones, helicópteros, globos y satélites espaciales, al dotar a sus grabaciones de un mejor acercamiento por la menor altura con que vuelan frente a sus tradicionales competidores, tamaño reducido para esquivar obstáculos estáticos, sin olvidar su enorme maniobrabilidad de acción, en lo que tampoco tendrían ninguna posible competencia.

2. Vista aérea, ligeramente oblicua, de Mesa de Fornes desde septentrión. En ella se observan los escarpados límites naturales de tres de sus lados: este, norte y oeste, de izquierda a derecha. (Imagen obtenida del mismo vuelo anterior).

Concretamente, para esta investigación hemos podido contar con varios vuelos de dron, de los que vamos a referirnos aquí al realizado graciosamente por don Alfonso Centeno Gómez, de cuyo resultado videográfico hemos acabado extrayendo todas las imágenes con que hemos podido ilustrar este trabajo. El interés de los mismos se centra fundamentalmente en que aportan perspectivas visuales imposibles de alcanzar por otros métodos tradicionales del registro gráfico aéreo, facilitando múltiples tareas de interpretación. Por ello, en esta ocasión nos apoyaremos solo en algunas de esas representaciones gráficas para asomarnos someramente a los avances que en estos días se han obtenido, a partir de estas primeras excavaciones realizadas en la Mesa de Fornes.

El lugar donde se han desarrollado los trabajos ocupa una parte bastante limitada de la muy amplia meseta, de alrededor de 3,5 km. de longitud (fig. 1). Realmente, lo arqueológico está reducido ‒por lo que conocemos‒ a su extremo septentrional, ocupando una extensión lineal de aproximadamente 310 m. de largo. Todo, para poder disfrutar de un ensanchamiento en dicha parte del altozano de hasta unos 224 m. de anchura máxima, que fue utilizado como espacio de habitación y de producción económica, también estratégico, más ajustado, pero más fácilmente defendible por la particular constitución topográfica de esa parte del terreno, que venía facilitada por estar provista de un límite perimetral muy marcado con cantiles irregulares, casi verticales, por tres de sus lados: oeste, norte y este (fig. 2). El único sitio accesible desde la propia meseta se sitúa en el límite sur/sureste, donde se señalaba antes de las excavaciones un bloqueo artificial, a modo de muralla de cierre, que separaba el área habitada del resto de la prolongación amesetada hacia mediodía. Aquí la anchura llega a ser un poco menos de cien metros (c. 92,5). Una configuración topográfica del sitio que dotaba al lugar de una serie de características propias, hasta el punto de haber servido para poder clasificar su especial topología dentro de la taxonomía de sitios ibéricos que Pierre Moret estudió, a partir de finales del Bronce y que, en este caso, cabría denominar con el calificativo de espolón cortado (éperon barré) que hoy le confiere su especial personalidad y ese perfil tan peculiarísimo y tan claramente reconocible.

3. Vista aérea septentrional de la muralla de Mesa de Fornes. A su izquierda, la torre de vigilancia y, casi en el extremo opuesto, el vértice geodésico 104106 (cota 1080,63 m.), a partir del mismo vuelo anterior.

Antes de los trabajos de campo que se han terminado realizando, lo que sabíamos del yacimiento era que se trataría de un asentamiento protohistórico que debió haber existido, aproximadamente, durante el proceso de cambio cultural que representó la transición entre el Bronce Final y los inicios de la Edad del Hierro. Eso, al menos, es lo que habíamos podido deducir por el estudio aislado de los materiales arqueológicos de superficie que conocíamos en la Mesa de Fornes. También habíamos convenido mayoritariamente un juicio de valor previo, que el sitio tendría que haber sido monofásico: básicamente, que tuvo una evolución vital relativamente corta y sólo comprendiendo un único momento cultural.

Junto a ello, la barrera artificial que separa el espacio habitado con el resto de la meseta donde se asienta (fig. 3), al margen de su inequívoco origen humano, queríamos considerarla una auténtica muralla; aunque el aspecto que ofrecía, antes de cualquier remoción, era el de un simple amontonamiento bastante irregular de piedras, en el que no era descartable que se hubiese producido una utilización como majano ocasional, donde los agricultores –que explotaron el sitio hasta el segundo cuarto del siglo XX– debieron acumular las piedras más sueltas que el arado tradicional descubría y levantaba al roturar periódicamente aquellas tierras.

Pero, majanos que también se habían ido acumulando, aunque en menor cantidad y volumen, en otros lugares del interior del reducto habitado, en tiempos de su utilización histórica agrícola, con posterioridad al uso como hábitat en periodos bastante más antiguos. La acumulación de piedras con la construcción subyacente alcanzaba más de cinco metros de altura, sobre la planicie mayormente pedregosa de la meseta de apoyo. Una altura demasiado elevada como para achacarla solo a una acumulación espontánea de piedra por los agricultores, sin contar con una infraestructura previa que le hubiese servido de apoyo. En suma, una chocante elevación que corta el extremo norte de la meseta de parte a parte y que, aún hoy, sigue constituyendo el relieve más eminente de estos alrededores (fig. 4).

4. Cierre murario sur de Mesa de Fornes, desde el este. A partir del vuelo de A. Centeno.

Pero eso solo representaba una deducción lógica, apoyada a lo sumo en la presencia más exclusiva de restos materiales arqueológicos dentro del espacio que la supuesta muralla aislaba en el extremo norte de la meseta. Para poder materializarla y justificarla con más fundamento habría que demostrar que ese cierre sur era en realidad una muralla, hecho que habría que comprobarlo mediante la excavación. Por eso, las tareas de campo que se han llevado a cabo se han centrado en la actuación sobre aquella posible muralla, además de dos cortes en el interior del hábitat para obtener una muestra de las posibilidades estratigráficas del yacimiento que, en función de los resultados obtenidos, se cancelarán o continuarán en sucesivas campañas de exploración. Aunque, como ya hemos dicho, la mayor atención se la ha llevado el cerramiento murario, donde se ha practicado un corte transversal (fig. 5) con el que ha podido evidenciarse hacia el lado sur la presencia parcial de la fachada de un gran muro con alzado de tendencia vertical, del que se ha descubierto un importante número de hiladas, pero con poco desarrollo longitudinal por las propias limitaciones del área excavada.

Sin ningún aparente revestimiento, ese muro se levanta con piedras calizas cortadas con no demasiada regularidad, en la mayor parte de los casos ligeramente careadas hacia un único lado, en el que se dispusieron mirando hacia mediodía, para homogeneizar el frente que quedaba a la vista de todo el que se acercara hacia el hábitat. De momento, aunque es la única fachada que se ha tenido tiempo de empezar a analizar, ha sido más que suficiente para señalar que estamos ante una construcción de suficientes características que cuadrarían con lo que, para estos momentos iniciales del primer milenio a. C., sería posible considerar como una auténtica muralla.

Como las hiladas más superficiales prácticamente han empezado a detectarse en las primeras capas de tierra que se han levantado, es probable que en los sectores mejor conservados su altura se acerque a los más de cinco metros de acumulación que se han medido en el amontonamiento que hoy cubre la totalidad de sus restos a lo largo de toda la muralla (fig. 5). Es una convicción que alienta el interés que debe mover las siguientes campañas de investigación en el yacimiento, contando con que la muestra analizada del yacimiento es significativamente escasa. Así, en el caso de la muralla, solo se habría explorado en torno al 16,7 % de su superficie, pero sin contabilizar en ello que no se haya registrado toda la potencia estratigráfica acumulada en el área intervenida. Un porcentaje aún más insignificante si hiciéramos el cálculo respecto de toda la superficie de la Mesa, además de la muralla, por lo que gran parte de lo que representa el sitio arqueológico está por investigar.

5. Localización del corte transversal sobre la muralla. Vista cenital, a partir del vuelo citado.

Si la constatación de la muralla representa, en sí misma, el gran éxito de esta primera campaña de excavación, debe tenerse en cuenta que su hallazgo no ha sido un hecho aislado, sino que su aparición ha venido a complementarse con un refuerzo exterior, a modo de torre cuadrangular o rectangular, que se adosó al eje central de la defensa muraria (fig. 6). Las interpretaciones de esta segunda estructura están a la espera de la continuación de la investigación in situ, pero se tienen algunas certezas que pueden avanzarse, como el tipo de articulación entre las dos estructuras, que no conforman una construcción única, sino dos elementos que se adosaron, sin más. También, que la fábrica de las mismas son diferentes y que, por ello, quizá deba hablarse también de dos momentos de erección diferentes, en los que sería posterior la fecha de la torre. Por desgracia, la escasez de contenidos cerámicos en la limpieza de estos dos elementos impide de momento fechar con precisión ambos componentes, salvo esa cronología relativa que al menos podemos arriesgar, respecto de cuál de ellos es más antiguo.

6. Particular del sector excavado de la muralla, durante la realización de los trabajos. Imagen a partir del vuelo de A. Centeno.

En cuestiones concretas de tecnología, la excavación ha demostrado las evidentes diferencias de ambas estructuras, mucho más cuidado el muro principal frente a un levantamiento grosero de la torre exhumada, falto de la más mínima preparación de los bloques utilizados en el paramento exterior y la gran duda de si existió realmente otro paramento por la cara interior. La situación actual de la excavación en este sector parece inclinarse más por la lectura de que se trató de una torre macizada en la que solo era necesario un recubrimiento pétreo, aunque fuese irregular, en los tres lados exteriores de la construcción, pero que fuera suficiente sin el trasero para contener el volumen del relleno aportado en su interior. Una falta de la más mínima dedicación constructiva de los hacedores de la torre que no solo se distancia del tratamiento dado al muro principal, sino que quizás aluda a una construcción de urgencia ante una necesidad perentoria que surgiese a los habitantes del recinto.

En este sentido, hasta que no conozcamos el resto de la construcción, no podríamos afirmar categóricamente que se trate de una torre aislada o si responde a un programa edilicio más completo, con más elementos torreados, que afectó a todo el desarrollo exterior y longitudinal de la más que aparente construcción defensiva, como pudiera deducirse de los amontonamientos pétreos que hoy se observan de tramo en tramo hasta el extremo más oriental de la muralla. Sin constatar fehacientemente este hecho, tampoco sabemos si todas las posibles torres que pudieron haber existido respondieron en su aparición a alguna contingencia ocasional que exigiera un refuerzo rápido del muro original, lo que haría que todas ellas acabaran presentando una técnica constructiva semejante a la descubierta. Incluso si las posibles urgencias edificatorias de la torre analizada fueron una solución concreta a problemas estructurales localizados exclusivamente en esta parte. Está por ver.

Otra cuestión es si la propia muralla y el añadido de sus torres expresan arquitectónicamente una situación de tensión entre vecinos poco amigables, si esa situación de conflicto fue permanente durante toda la vida del hábitat de Mesa de Fornes o, en cambio, se suscitó a partir de un determinado momento de su trayectoria vital. Es probable que la propia actividad económica desarrollada, en la que no se descarta la existencia de importantes transacciones comerciales, exigiera un cercado con el que salvaguardar los productos almacenados y garantizar la recepción de los mismos y la regular distribución de bienes a los mercados receptores, sin presencia de relaciones de desafección ante ajenos en ciertos momentos, al menos.


Los resultados obtenidos en esta primera campaña de excavación abre apasionantes expectativas interpretativas en torno a múltiples preguntas, pero lo reducido de la muestra explorada añade incógnitas que aún no se han resuelto y tendrán que esperar a la continuación de los trabajos. Cuestiones como la importancia del factor indígena frente al foráneo fenicio, las circunstancias de la fundación del sitio, los periodos de desarrollo existentes, el grado y calidad de las relaciones con las poblaciones fenicias, la arquitectura doméstica y productiva existentes, dónde y de qué modo se enterraron sus habitantes, si hubo una artesanía y de qué tipo en la Mesa. Muy variadas incógnitas que no empañan los resultados de esta primera toma de contacto con la arqueología del lugar, sino que habrán de servir de acicate para impulsar la investigación de un yacimiento que puede convertirse en referencia patrimonial de esta comarca en el suroeste de la provincia de Granada y del municipio de Fornes, particularmente, porque en él es donde se sitúa.

Un futuro patrimonial de referencia para una muralla inédita y prácticamente exclusiva en la geografía granadina, pero condicionado a que puedan completarse los estudios arqueológicos previos en los próximos años. Una vez realizados, incluso suficientemente avanzados, se darán las condiciones para poner en valor una imponente estructura arquitectónica de indudable potencial para el desarrollo de la oferta cultural y turística de la comarca. Por ahora, solo se ha empezado a dar el primer paso.

El extraordinario esfuerzo realizado por el Ayuntamiento de Fornes, no solo con su apoyo financiero y dinamizador con los voluntarios, sino por el entusiasmo demostrado desde los primeros momentos, cuando aún se programaba la intervención arqueológica, es digna de encomio. Empezando por la primera edil, su alcaldesa Dª Ana Belén Fernández Navas que ha entendido el trascendental interés que para su municipio tiene este nuevo monumento patrimonial que se ha descubierto. Su ejemplo será imprescindible para futuras acciones protectoras del yacimiento, como impulsar su declaración BIC, avanzar en la adquisición del sitio o ampliar sine die la cesión del espacio a proteger para una gestión más directa del mismo por quienes deben y podrían hacerlo, el conjunto de los vecinos de esta pequeña localidad meridional del Poniente de Granada.

Noviembre de 2022


lunes, 7 de octubre de 2019

EL CERRO DE LA MORA, MORALEDA DE ZAFAYONA, UN AMBICIOSO RETO PARA EL SIGLO XXI

1. Cartel oficial de la Exposición impulsada por el Ayuntamiento de Moraleda de Zafayona.

   La inaugurada y aún vigente exposición sobre el sitio arqueológico del Cerro de la Mora, auspiciada por el Ayuntamiento de Moraleda de Zafayona, la Universidad de Granada, a través de su centro de estudios e investigación Memolab (https://blogs.ugr.es/memolab/) y el patrocinio de la empresa internacional SharkBite, con implantación local, además de la colaboración didáctica del IES Manuel Cañadas, han puesto de nuevo el acento en el enorme interés científico y patrimonial de este sitio, ubicado en un lugar privilegiado a las puertas de la Vega de Granada, en aras de su futura recuperación social y cultural.
Aunque el Cerro de la Mora es conocido desde finales de los años setenta del siglo pasado,  (https://guiadigital.iaph.es/bien/inmueble/4156/granada/moraleda-de-zafayona/cerro-de-la-mora) la investigación directa del lugar se estancó por cuestiones administrativas, que ahora no vienen al caso, dos decenios después, incluso a pesar de su declaración como BIC desde el 2005; lo que no ha impedido su abandono y lento deterioro por la propia erosión natural y puntuales actuaciones agrícolas que afectaron a determinados espacios del yacimiento.
En este sentido, la renovada preocupación de las nueva corporaciones municipales por recuperar los bienes patrimoniales locales, la necesidad de disponer de espacios museísticos propios y la trascendencia de promover dinámicas productivas y comerciales  relacionadas con estos nuevos nichos productivos de trasfondo cultural, dibujan un horizonte ilusionante sobre este yacimiento, que tendría que facilitar el definitivo desarrollo económico de un territorio tradicionalmente deprimido.

2. Vista del C. de la Mora (centro) desde el noreste. © J. A. Pachón, 2010.

    El Cerro de la Mora, aún tiene pendiente la publicación de algunos resultados de las investigaciones de campo ya realizadas, aunque la nómina de estudios dados a la luz es importante, junto a la producción de una memoria de licenciatura y dos tesis doctorales específicas sobre el yacimiento. Sin que tengamos que citar aquí otros muchos estudios indirectos que desarrollan aspectos complementarios derivados del propio C. de la Mora. Con todo ello, conocemos que el lugar fue un núcleo habitado, probablemente ya en época argárica, pero que empezaría a cobrar relevancia a fines de tiempos prehistóricos, desde que la parte más alta del sitio se cierra con un recinto amurallado de piedras bien careadas al exterior y en talud, con una media de tres metros de espesor y una fachada interior con vigas encastradas que fortalecían la resistencia, tanto vertical como transversal, de toda la construcción.

3. Muralla perimetral de la cumbre del yacimiento. Arriba, frente delantero. Abajo, trasera de la misma línea defensiva. © J. Carrasco y J. A. Pachón.

     Esta obra de gran envergadura supuso un esfuerzo colectivo de un núcleo de población, que ya parecía mostrar una organización muy compleja que no debió perderse durante el Bronce Final, cuando los conflictos entre vecinos dieron paso a las relaciones de unas comunidades con otras, en sociedades más abiertas y dependientes de los intercambios entre núcleos habitados más especializados y complementarios. Así se desarrollaría la metalurgia del bronce, explicando en La Mora la presencia de su espada de lengua de carpa, sus fíbulas de codo y sus relaciones con el valle bajo del Guadalquivir, de donde presumiblemente procederían las cerámicas de retícula bruñida.

4. C.Mora/Miel: espada de lengua de carpa y fíbula de codo. Hornos metalúrgicos y crisol de fundición.

5. C. Mora: cerámicas de retícula bruñida.

    Este ambiente es el que caracterizaría a todo el periodo orientalizante, en el que encajaría precisamente el impacto colonizador fenicio, ya en el siglo IX a.C., y la asimilación de su influencia para acabar eclosionando después el fenómeno ibérico, aquí en su facies bastetana.

6. Reconstrucción ideal del C. de la Mora en época orientalizante. © Rocío Espín Piñar, 2019.

    Este probablemente fuese uno de los momentos de mayor esplendor del hábitat de La Mora, aprovechando los caminos naturales que comunicaban el sitio con la costa fenicia, el interior de la actual provincia de Granada y la Baja Andalucía, siguiendo el curso aguas abajo del río Genil. Esta vitalidad explicaría el enriquecimiento de algunos comerciantes o productores locales, que dejaron entre los ajuares de sus tumbas magníficos representantes de la artesanía fenicia, como el cartucho de oro que custodia en depósito la Real Academia de la Historia de Madrid.

7. Materiales fenicios del C. Mora: cartucho áureo, plato de barniz rojo y ampolla de ungüentos.

8. Materiales fenicios de La Mora: trípode, plato/cuenco arcaico y fragmentos de oinocóes de barniz rojo con sus posibles modelos. En el centro: cuello de urna polícroma 'Cruz del Negro'.

     Aunque los indicios arqueológicos parecen evidenciar que, desde época ibérica bastetana, empieza a declinar la vitalidad del hábitat en La Mora, al amparo de la mayor importancia que asumen otros centros habitados al este de nuestro yacimiento, como Ilurco o Iliberri (Cerro de los Infantes, en Pinos Puente y Albaicín, en Granada), probablemente empujados en su mejora por la ampliación de los recursos económicos agrícolas que iba aportando la progresiva desecación del fondo inundado de la Vega, junto a estas dos ciudades. Pero esto no representaría una importante despoblación del sitio, como prueban algunos de los hallazgos ibéricos conocidos del yacimiento, sino un lento declive que podría haberse prolongado hasta época romana, cuando –como plantea alguno de los estudios científicos sobre el yacimiento– el sitio pudo haberse convertido en un vicus, que habría que entender como una entidad menor, respecto del catálogo conocido de núcleos urbanos extendidos por las provincias del imperio romano. Aunque este último dato no podrá verse corroborado, mientras no se retomen las investigaciones directas de campo en el yacimiento.

9. Hallazgos metálicos ibero-bastetanos del C. de la Mora: armas de hierro y broche de cinturón de bronce. A partir de W.Schüle y E.Pareja.

     La trayectoria vital de La Mora, cubre un enorme espectro, creemos que con pocas cesuras, desde la prehistoria a momentos históricos, entre época argárica y tiempos medievales islámicos, probablemente taifales. En su configuración cronológica existen varias datas temporales, apoyadas por muestras de carbono 14 que se han calibrado y arrojan un corpus de fechas absolutas, muy coherentes con otras referencias del mismo tipo de la arqueología andaluza.

10. Estructuración cronológica del yacimiento en su conjunto, respecto del sondeo nº 4 y muestras de dataciones absolutas obtenidas.

     Parece innegable que la importancia del yacimiento granadino requiere de todos los esfuerzos posibles, para alcanzar su necesaria recuperación patrimonial. La exposición durante este mes en Moraleda de Zafayona, así como la implicación de su Ayuntamiento, de la Universidad de Granada y demás organismos y personas coadyuvantes, nos hace ser optimistas ante la nueva situación que tendrá que materializarse con el Cerro de la Mora. Desde aquí solo ofrecer nuestro apoyo y colaboración desinteresada, en todos los sentidos, habida cuenta de la historia pasada que nos relaciona científica y sentimentalmente con un sitio arqueológico de enorme importancia peninsular y mediterránea. Es un deber que la historia del sitio y la sociedad nos demandan.


BIBLIOGRAFÍA CRUCIAL DEL CERRO DE LA MORA

1981:
PASTOR MUÑOZ, M.; CARRASCO RUS, J.; PACHÓN ROMERO, J. A. y CARRASCO RUS, E. (1981): “Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada). Campaña de 1979”. Noticiario Arqueológico Hispánico 12. Ministerio de Cultura, Madrid, pp. 135-158.

1982:
CARRASCO RUS, J.; PASTOR MUÑOZ, M. y PACHÓN ROMERO, J. A. (1982): “Cerro de la Mora I. Memoria de la campaña de excavación realizada  en 1979”. Noticiario Arqueológico Hispánico 13, pp. 7-164.

1984:
CARRASCO RUS, J.; PASTOR MUÑOZ, M. y PACHÓN ROMERO, J. A. (1984): “Cerro de la Mora, Moraleda de Zafayona. Resultados preliminares de la segunda campaña de excavaciones (1981). El corte 4”. Cuadernos de Prehistoria 6, Univ. Granada, pp. 307-354.

1986:
MARTÍNEZ ARRABAL, I. (1986): Estudio tipológico de los materiales romanos procedentes del yacimiento del “Cerro de la Mora” (Moraleda de Zafayona, Granada). Memoria de Licenciatura Inédita. Universidad de Granada, Granada.

1987:
CARRASCO RUS, J.; PACHÓN ROMERO, J. A.; PASTOR MUÑOZ, M. y GÁMIZ JIMÉNEZ, J. (1987): La espada del “Cerro de la Mora” y su contexto arqueológico. Nuevas aportaciones para el conocimiento de la metalurgia del Bronce Final en el Sudeste peninsular. Publicaciones del Excmo. Ayuntamiento de Moraleda de Zafayona, Moraleda.
CARRASCO RUS, J.; PACHÓN ROMERO, J. A.; PASTOR MUÑOZ, M.; NAVARRETE ENCISO, M.ª S. (1987): “Memoria preliminar de la campaña de excavaciones de 1985 en el Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada)”. Anuario Arqueológico de Andalucía 1985, II, pp. 266-271.
CARRASCO RUS, J.; PASTOR MUÑOZ, M.; PACHÓN ROMERO, J. A. (1987): “Excavaciones arqueológicas en el Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada)”. Anuario Arqueológico de Andalucía 1986, II, pp. 253-259.

1988:
CARRASCO RUS, J.; PACHÓN ROMERO, J. A. y PASTOR MUÑOZ, M. (1988): “Nuevos hallazgos en el conjunto arqueológico del Cerro de la Mora. La espada de lengua de carpa y la fíbula de codo del Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada)”. Cuadernos de Prehistoria 10 (1985), Univ. Granada, pp. 265-334. 
PASTOR MUÑOZ, M.; CARRASCO RUS, J. y PACHÓN ROMERO, J. A. (1988): “Protohistoria de la Cuenca del Genil: el yacimiento arqueológico “Cerro de la Mora” (Moraleda de Zafayona, Granada)”. Homenaje al Profesor Marcelo Vigil, II. Studia Historica, Historia Antigua, vol. VI, Universidad de Salamanca, Salamanca, pp. 37-52.

1990:
CARRASCO RUS, J.; PACHÓN ROMERO, J. A. y PASTOR MUÑOZ, M. (1990): “Memoria preliminar de la campaña de excavaciones de 1987 en el Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada)”. Anuario Arqueológico de Andalucía 1987, II, pp. 242-245.

1997:
PACHÓN ROMERO, J. A. (1997): La Metalurgia del Cerro de la Mora y su incidencia en el desarrollo de ciertos artefactos. Tesis Doctoral Inédita. Universidad de Granada, Granada.

1999:
PACHÓN ROMERO, J. A.; PASTOR MUÑOZ, M. y CARRASCO RUS, J. (1999): “Los problemas de transición en las sociedades protohistóricas del sureste. El Cerro de la Mora (M. de Zafayona, Granada)”. II Congreso de Arqueología Peninsular. t. III, Primer Milenio y Metodología. Madrid, pp. 129-140.

2005:
ROMÁN PUNZÓN, J. M. (2005): Contribución al estudio del poblamiento de época clásica en la vega oriental de Granada. El yacimiento del Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada). Tesis Doctoral. Universidad de Granada. (https://hera.ugr.es/tesisugr/15897448.pdf).

2009:
ROMÁN PUNZÓN, J. M. (2009): “Un asentamiento rural de época romana en la vega de Granada: el Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada)”. Anales de Arqueología Cordobesa,  20, pp. 231-256. (https://www.uco.es/ucopress/ojs/index.php/anarcor/article/view/6954).

2012:
CARRASCO RUS, J. y PACHÓN ROMERO, J. A. (2012): “Cerro de la Mora”, Dizionario Enciclopedico della Civiltà Fenicia (DECF), Roma. Edición electrónica.
ROMÁN PUNZÓN, J., PACHÓN ROMERO, J. A., CARRASCO RUS, J. y PASTOR MUÑOZ, M. (2012): La Cuenca Alta del Genil en época romana. El Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada. Monografías Arqueología. Junta de Andalucía, Sevilla.

2018:
PACHÓN ROMERO, J. A. y CARRASCO RUS, J. (2018): “Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona)”. Yacimientos Arqueológicos y Artefactos. Las Colecciones del Departamento de Prehistoria y Arqueología (I). Cuadernos Técnicos de Patrimonio, 7. Univ. Granada, pp. 83-86.


PARA SABER MÁS

1983:
PACHÓN ROMERO, J. A. y CARRASCO RUS, J. (1983): “Influencias fenicias en la Vega de Granada”. XVI Congreso Nacional de Arqueología (Cartagena, 1982). Zaragoza, pp. 479-488.

1992:
PACHÓN ROMERO, J. A. y CARRASCO RUS, J. (1992): “Un elemento concreto de la cultura material orientalizante en el Mediodía peninsular: los cuencos trípodes hallados en el interior de la provincia de Granada”. Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada 16-17 (1991-1992), pp. 325-351. (http://revistaseug.ugr.es/index.php/cpag/article/view/1306/1496).

2003:
RUIZ CABRERO, L. A. (2003): “El estuche con banda mágica de Moraleda de Zafayona (Granada): una nueva inscripción fenicia”, Byrsa, 1/2003, Bologna, pp. 85-106.

2006:
CARRASCO RUS, J. y PACHÓN ROMERO, J. A. (2006): “Sobre la cronología de las fíbulas de codo tipo Huelva”. Archivo de Prehistoria Levantina, XXVI, pp. 245-291.

2008:
PACHÓN ROMERO, J. A. (2008): “Más allá de Iliberri. Ibéricos en las depresiones occidentales granadinas”. I Congreso Internacional de Arqueología Bastetana (Baza, 7 al 10 de mayo, 2008), Serie Varia 9. Universidad de Granada y Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, pp. 247-265.

2009:
PACHÓN ROMERO, J. A. (2009): “El patrimonio ibérico de Granada en la Cuenca del Genil”. Revista de la Real Academia Nuestra Señora de las Angustias de Granada, 18 (2008), pp. 43-79.
PACHÓN ROMERO, J. A. y CARRASCO RUS, J. (2009): “La Mesa de Fornes (Granada) y la semitización en la Vega de Granada: la trascendencia de la puerta sur-suroeste”. Mainake, XXXI, pp. 353-376.

2011:
PACHÓN ROMERO, J. A. y CARRASCO RUS, J. (2011): “Acerca de la facies fenicia en el territorio occidental granadino. Una mirada desde el interior”, Antiquitas, 23, Museo de Priego de Córdoba, pp. 87-118. (https://drive.google.com/file/d/0Bz1J47_lbMqcQmtlM3pBUGtKYk0/view).

viernes, 5 de enero de 2018

UN VIEJO TEXTO SOBRE LAS FRONTERAS EN EL MUNDO IBÉRICO

DEFENSA Y TERRITORIO: FRONTERAS. UN PROBLEMA TEÓRICO DE LA ARQUEOLOGÍA IBÉRICA

Mauricio PASTOR MUÑOZ & Juan A. PACHÓN ROMERO

(Trabajo inédito, que no fue publicado en las actas del
Congreso de Arqueología Ibérica celebrado en Barcelona en 1998)

Detalle del paño murario de una de las torres de la muralla del sitio ibérico de Allozos, Montejícar, Granada.
(© J.A. Pachón, 2009).

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Ya han transcurrido prácticamente dos decenios desde la celebración de la magna reunión científica sobre el mundo ibérico, que fue aquel Congreso de Arqueología Ibérica, al amparo de la exposición internacional de arqueología ibérica Los Iberos, Príncipes de Occidente y que, sucesivamente, se mostró en Paris, Barcelona y Bonn. Por ello, creemos oportuno dar a conocer esta aportación que, finalmente, no mereció el interés de los organizadores de aquel Congreso para su inclusión en  las actas del mismo, que se publicaron en Valencia, como parte de la serie extra de la revista Saguntum [ARANEGUI, C. (Ed.): Las estructuras de poder en la sociedad ibérica. Actas del Congreso Internacional: Los Iberos, Príncipes de Occidente. Papeles del Laboratorio de Arqueología de Valencia (PLAV), Saguntum Extra-1. Universidad de Valencia. Departamento de Prehistòria i Arqueología, 1998].
El texto vamos a presentarlo tal cual se redactó, un original que no incluía imágenes, pese a que para esta ocasión, en función de las características del blog, se acompaña de una serie de ilustraciones que no tienen ninguna función explicativa del contenido, sino que solo pretenden amenizar el desarrollo del escrito. Junto a ello, es evidente que no estamos ante un estudio de ciertas problemáticas de lo ibérico actualizado, porque el tiempo acaecido desde 1997/98 hasta hoy han desarrollado muchos de los aspectos que aquí se tratan y que, entonces, cuando se redactaron aquellas líneas, no podían todavía conocerse. No obstante, quisiéramos enfatizar el carácter eminentemente crítico del original, que incidía contra la práctica arqueológica de algunos equipos científicos españoles que proponían líneas de interpretación de lo ibérico inusuales, frente a las que defendíamos posiciones diferenciadas que aún hoy podríamos seguir defendiendo.
El trasfondo que sustanciaba aquel escrito defendía una postura crítica respecto de los posicionamientos que venía exponiendo en esencia la Escuela de Jaén (1) desde tiempo atrás (2), por lo que tampoco resultó extraño que no acabase siendo publicado en las actas de las ponencias y comunicaciones de aquella reunión científica. Algo lógico, pues se ponían en entredicho muchos de los postulados de la corriente que defendía la oficialidad arqueológica andaluza, en la que, a la sazón, eran partícipes activos e importantes algunos miembros de la organización y desarrollo de dichos congreso y exposiciones, ligados a la propia directiva de aquella Escuela de la Universidad de Jaén.
A todo ello se ha unido, el que en los años siguientes se comenzaran a estudiar (3) los nuevos planteamientos, tratando de aclarar la cierta complejidad a que se había llegado con tantas y tan nuevas interpretaciones en España. Pero, también, se han empezado a cuestionar algunos de los escritos que pretendieron renovar la arqueología peninsular, matizando aspectos tanto generales (4) como teóricos (5), junto a otros más concretos, en los que se debate sobre las más evidentes incongruencias y debilidades de la citada Escuela de Jaén (6). Es cierto que, esto último, solo ha afectado momentáneamente a su soporte teórico, sin entrar en el alcance de su aplicación histórico-arqueológica, salvo algunas pequeñas referencias. Tal envite dialéctico podría representar un hito historiográfico, al menos respecto del debate que hasta ahora se lleva publicado, ya que supone poner en entredicho el discurso oficialista que, en los últimos veinte años, ha dominado prácticamente el espectro  de la arqueología andaluza, al menos desde el Cobre a tiempos ibéricos. Aunque también, en el horizonte de la política arqueológica  desarrollada en el ámbito autonómico andaluz durante ese tiempo, ese discurso y su aplicación práctica ha supuesto demonizar la gran mayoría de proyectos que no coincidían con los presupuestos teórico-prácticos en que se inspiraba la Comisión Arqueológica de Andalucía, dominada más o menos directamente por aquella escuela jiennense, ya fuese por sus integrantes, ya fuera por sus directos descendientes o por las ideas de ambos.
Desde nuestro punto de vista, tachado desde hace tiempo por defensores de la posición  inspirada en Jaén, de acientífico, pretendíamos ahondar ciertas reflexiones de interpretación histórico-arqueológica sobre el mundo ibérico, enfrentándolas a las opiniones de dicha corriente, bajo presupuestos de lógica deductiva, apoyados en los propios datos arqueológicos y en las opiniones de otros autores. El tiempo, los posteriores hallazgos y las nuevas aportaciones, determinarán el interés de lo que expondremos y la vigencia de las posiciones contrarias. Para ello, tomaremos como referencia nuestro viejo escrito, tratando de mostrar cuál era el inicio de aquel debate a finales de los años noventa del siglo pasado.

Juan A. Pachón Romero
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Detalle de un paño de la muralla ibérica de Cerro Cepero (Basti), en Baza, Granada.
(© J.A. Pachón, 2003)

Desde la propagación de las nuevas tendencias en la interpretación arqueológica en España, a partir sobre todo desde finales de los setenta y –en gran medida– durante los años ochenta, con la irrupción de modelos hipotéticos de reconstrucción histórica aplicados a la prehistoria y a la arqueología se produjo, en los casos concretos de la protohistoria y del mundo prerromano, el desarrollo de una serie de modelos teóricos (7), sin los cuales parece imposible hoy un acercamiento creíble desde presupuestos metodológicos que podamos considerar suficientemente científicos.
No obstante, la puesta en práctica de muchos de esos posicionamientos ha implicado una doble tendencia que vamos a analizar. Intentamos demostrar en este breve trabajo que esa doble tendencia puede estar alejada de los presupuestos estrictamente científicos que deben exigirse a cualquier práctica arqueológica o de reconstrucción histórica. Resumidamente, esa doble tendencia ha sido la siguiente: por un lado, la sobrevaloración que se ha dado a la metodología arqueológica de la prospección superficial, que lejos de entenderse como un elemento meramente auxiliar de  la arqueología, ha acabado creyéndose medio prácticamente único para las reconstrucciones históricas de las sociedades prerromanas. Y, por otro lado, la demonización de las prácticas arqueológicas –que podemos llamar tradicionales– de la investigación de campo, clasificadas todas como praxis positivistas, caducas en sí mismas, incapaces de beneficiar interpretaciones de cariz histórico y meros métodos de generar corpora gráficos de artefactos arqueológicos (arqueografías), sin otro valor que su apreciación estética o la comparación intemporal de modelos suprarregionales, a los que se ha querido dar un artificioso, aunque ineficaz, valor cronológico.
Indudablemente, ambas tendencias han sido aceptadas e interrelacionadas por muchos equipos de investigadores, arqueólogos de la nueva hornada, que durante algún tiempo han conseguido crear corrientes de opinión próximas y conversiones llamativas, incluso entre algunos de sus iniciales detractores. Esta discusión no ha quedado exclusivamente fijada en el plano de la teorización metodológica, sino que ha alcanzado a la propia práctica científica (8). En este sentido, tanto algunos miembros de los departamentos universitarios, como los responsables patrimoniales  de algunas comunidades autónomas han hechos suyos estos planteamientos y los han llevado a la práctica, provocando consecuencias, cuyos logros positivos y negativos tardarán algunos años en considerarse generalizadamente en su justa medida. Lo más evidente es que todo ello ha redundado en un detrimento de la actividad de campo y, paralelamente, se ha producido una creciente actividad clandestina, que aprovecha la escasez de trabajos sistemáticos de excavación en los yacimientos para expoliar buen número de sitios que, de otro modo, podrían haberse conocido, aunque solo fueran parcialmente, por la comunidad científica. Igualmente, estas condiciones de la práctica arqueológica han desembocado en un beneficio de las labores de prospección y en un incremento excesivo de las interpretaciones históricas de modelos hipotéticos, apoyados en lo que nosotros consideramos exiguos y engañosos referentes documentales. Precisamente, dentro de estas interpretaciones históricas cabría entender el problema de fronteras, planteado en nuestra arqueología contemporánea y objeto de amplio debate en un reciente coloquio (9). En este mismo sentido, se han hecho análisis específicos del mundo ibérico (10), sobre el que vamos a exponer algunas consideraciones de interés con el apoyo de ciertos datos arqueológicos no exclusivamente superficiales o, al menos,no sólo procedentes de prospecciones superficiales metódicas.

Detalle del flanco de una de las entradas al recinto murario de Allozos, Montejícar, Granada
(© J.A. Pachón, 2009)

Partiendo de algunas de nuestras propias conclusiones, alcanzadas en la Reunión sobre Paleotnología de la Península Ibérica, celebradas en Madrid, en diciembre de 1989 (11), tratamos de abordar aquí la inestabilidad que supone el establecer cualquier tipo de frontera en las comunidades ibéricas y ls falacia de defender su existencia, apoyándose en datos incompletos, poco rigurosos y, en ocasiones, sin la necesaria contrastación arqueológica. Pero evitamos caer en los posicionamientos opuestos, también presentes en la historiografía protohistórica peninsular, para los que la ausencia, no ya de excavaciones, sino de prospecciones superficiales, es índice suficientemente probatorio de un vacío poblacional como el que algunos autores defienden para el Suroeste Peninsular, no solo en tiempos ibéricos, sino desde momentos prehistóricos. Algo que merecería una breve reflexión:
Aunque ese vacío poblacional se ha pretendido extender hasta tiempos turdetanos, puede servir de referente la teoría sobre la inexistencia de una etapa prehistórica del Bronce en esta zona, expresada por quien también defiende estos problemas demográficos, prácticamente hasta tiempos republicanos, como hace el prof. Escacena Carrasco (12). Aunque buena parte de las aportaciones de este autor son claramente significativas, en el sentido que se destaca, como bien expresa la referencia de la sola lectura de alguno de los títulos de sus trabajos (13). Desde luego, ante tanto vacío poblacional, ya sea real o ficticio, no extraña que estos mismos autores acaben explicando los hallazgos arqueológicos que se producen en época orientalizante, como producto directo de la colonización fenicia, que vino a ocupar esas ausencias (14), entre los que no falta algún otro que abunda específicamente en la teoría del vacío durante el Bronce Final (15).
Del análisis riguroso de las fuentes literarias clásicas, que ya realizamos en nuestro citado trabajo (16), se deduce claramente que los historiadores y geógrafos de la antigüedad, a medida que iban conociendo las tribus y pueblos hispanos del sur peninsular, aportaban nuevos datos sobre las gentes que lo poblaban, pero –en ningún caso– delimitaron las xonas limítrofes entre ellos, ni mucho menos las posibles fronteras que los circunscribían a un determinado territorio. Solo así podemos entender la enorme mezcolanza entre las tribus mencionadas desde el siglo VI a.C., como mastienos, libio-fenicios o gimnetes y que, a partir del siglo III a.C., aparezcan ubicados por esos mismos territorios otros pueblos tan complejos como los bástulos, bastetanos, mentesanos, túrdulos y oretanos, sin delimitaciones fronterizas entre ellos. Todos los intentos de individualizar cada uno de estos pueblos y de posicionarlos entre unos límites aceptados han fracasado, precisamente por la inseguridad de sus fronteras.

Alineamiento del cierre oriental de la supuesta muralla ibérica de Archidona, Málaga (© J. A. Pachón, 2016)

Un posterior análisis de las fuentes arqueológicas tampoco nos permitió delimitar las fronteras entre los pueblos que habitaron el mediodía peninsular en su área oriental, aún a sabiendas de que todavía la documentación es muy escasa, dado lo limitado de las excavaciones y la insuficiencia implícita de las prospecciones superficiales. A lo más que llegamos a perfilar fueron amplias zonas fronterizas entre las comunidades iberas. Estas zonas fronterizas no debieron ser muy rígidas, sino que hubo abundantes interrelaciones entre los territorios contiguos, interrelaciones que denominábamos en el trabajo citado anteriormente, áreas de transición. Auténticos espacios intermedios, de control alternativo, de los que destacábamos, sobre todo, cuatro: el más importante, centrado en el Valle del Guadalquivir, a la altura de la provincia de Jaén y donde pueden rastrearse influencias turdetanas, bastetanas y oretanas;el límite de la serranía de Córdoba, extendido hasta la Campiña, que sería un espacio de intercambios turdetano-oretanos y bastetanos; mientras que, por último, en la zona sur, en la costa, habría un espacio de interacción entre bastetanos y libio-fenicios.
Por otro lado, resulta de un enorme interés, para comprender en su justa medida los análisis de las zonas fronterizas entre los pueblos ibero-romanos, el recientemente publicado trabajo de Pierre Moret sobre las fortificaciones ibéricas, desde el final de la Edad del Bronce hasta la conquista romana, donde –entre otras muchas cosas– se trata de desmontar todas las teorías que han surgido recientemente sobre la importancia de ciertos métodos arqueológicos y de los sistemas de dependencia en las comunidades ibéricas (17). Con él podemos acercarnos mejor a una visión de conjunto de lo que hoy puede entenderse y aceptarse, desde una perspectiva actual arqueológica, epigráfica e histórica, por frontera, coerción y fortificaciones (18). Para ello, tratamos de acomodar nuestros conocimientos de los vestigios y noticias prerromanos en Andalucía con la posible realidad política y social de los pueblos iberos que habitaron estos territorios en época pre y protohistórica: bástulos-bastetanos, mentesanos, túrdulos-turdetanos y oretanos, principalmente.
Por eso, conviene analizar, en primer lugar, la relación de los datos tradicionales y las nuevas interpretaciones. La visión tradicional, de posibles y diferentes etnias en el mundo prerromano, dotaba a lo ibérico de una variada riqueza que sólo podía rastrearse en los textos antiguos, ya que arqueológicamente las diferencias nunca eran tan sustanciales como para apreciar una separación tan nítida entre los pueblos de aquella aparente riqueza étnica ibérica. Cuando hace algunos años estudiamos la paleoetnología de Andalucía Oriental ya consideramos una falacia atender a esa diversidad, si analizábamos exclusivamente los datos arqueológicos. Por ello, haciendo caso también a los textos, solo cabría hablar de núcleos geográficos centrados en las posibles capitalidades políticas conocidas (Basti, u Oretum, por ejemplo) de las que habrían podido derivar denominaciones de pueblos concretos (bastetanos y oretanos, en los casos referidos). Salvo estas realidades, que tampoco podemos detallar en cuanto a su concreto desarrollo espacial y temporal, lo demás tendrían que ser zonas de transición, donde los vestigios arqueológicos tendrían que hablar mejor de su auténtico comportamiento, en cuanto fuese desarrollándose mejor su estudio y conocimiento. Indudablemente con el apoyo de la excavación arqueológica, y no sólo con las prospecciones arqueológicas superficiales, como en muchas y recientes ocasiones se ha pretendido, al amparo de su aparente y efectivo carácter sistemático.

Restos de infraestructuras murarias del cierre del poblado ibérico de Cerro Boyero, Valenzuela, Córdoba.
(©  J.A. Pachón, 2001)

Pero, relacionado con este debate, surge el problema de las fronteras, defensa y control del territorio, que sí puede entenderse como una serie de elementos afectos a determinadas realidades políticas, coincidan o no con esas etnias tradicionales y textuales. Esto supone entrar de lleno en otro tipo de problemas planteado por los movimientos de renovación en arqueología, que están desarrollando interpretaciones socioeconómicas de las comunidades ibéricas, así como de sus posibles realidades políticas. Económicamente, es evidente que dichas comunidades iberas se basaron fundamentalmente en el desarrollo de la agricultura, por lo que el modo de apropiación del territorio, su detentación y defensa ante vecinos hostiles, son elementos de primordial interés, en los que pudieron tener un papel destacado las construcciones de carácter supuestamente militar (fortificaciones y estructuras de defensa), estudiadas en los últimos tiempos dentro de las diversas territorialidades ibéricas.
Estas estructuras fortificadas se han interpretado atendiendo a dos posibles realidades: su pertenencia a una auténtica red de frontera, sólo factible si se admite la existencia en el mundo prerromano ibérico de un auténtico Estado; o bien su uso como elementos de disuasión, o de expresión del poder, entre grupos sociales dominantes frente a masas de desheredados. Los planteamientos que se han presentado en este sentido suelen adornarse con los más científicos de los argumentos, considerando en general, la mayoría de ellos, un acercamiento histórico de cariz socioeconómico que, en muchas ocasiones, alude claramente a posicionamientos característicos del materialismo histórico (19). Pero, también con mucha frecuencia, se olvidan muchos otros aspectos arqueológicos que, o bien no son tenidos en cuenta, o bien se interpretan de un modo maximalista, sin que honestamente podamos derivar de ellos muchas de las afirmaciones expresadas.
Intentando poner los pies en el suelo, en cada una de estas dos explicaciones de las estructuras defensivas, podemos apuntar las siguientes consideraciones. Respecto de la existencia de una red de frontera, sin necesidad de explicar la existencia o no de una organización estatal entre los iberos, sino solo desde un punto de vista puramente arqueológico, habría que disponer de evidencias suficientes sobre puntos de defensa fronterizos (torres vigías, fortines o poblados amurallados) que hubiesen funcionado coaligadamente en un periodo de tiempo común. Pero a realidad solo arroja algunos puntos topográficos, con muros de cierta entidad que se interpretan –en la mayor parte de los casos, superficialmente– como elementos defensivos y que, de ningún modo, está probado que pudieran usarse en periodos cronológicos ibéricos contemporáneos. En ocasiones, como los datos en que se apoyaban estas interpretaciones procedían de someras prospecciones, sin excavaciones de contrastación, se dieron como ibéricas muchas fortificaciones que hoy sabemos que correspondieron con tiempos romanos. Fue un problema iniciado en la década de los setenta, en la zona sur de Córdoba (20), pero que se mantuvo hasta los ochenta, extendiendo la interpretación a tierras de Jaén (21), alcanzando el final de dicha década (22). Las aportaciones arqueológicas más recienten empiezan a desmontar esta interpretación, que se ha demostrado más hipotética que real (23).
Además, las fronteras, si aceptamos su acepción más generalizada, suponen un simple límite que separa dos espacios en los que se establecen sendos ámbitos políticos diferentes, pero tampoco la noción de frontera debe asociarse literalmente a un carácter siempre defensivo o militar, ya que esto supone añadir a nuestro cpncepto un matiz de antagonismo entre comunidades vecinas, que ejercen mutua, o unilateralmente, algún tipo de forzamiento sobre el próximo. De cualquier modo, estas cuestiones se han articulado con bastante frecuencia al hablar de fronteras, interpretando la existencia de un poder coercitivo en relación con las fronteras, tanto en sentido externo como interno, pero aplicado a épocas no exclusivamente ibéricas, sino muy anteriores, quizás desde el Cobre (24). Así, por ejemplo, Francisco Nocete explica la existencia de estructuras políticas estatales en ese momento, salvando las posibles diferencias entre estas y las jefaturas, cuya dicotomía achaca a los defensores de la antropología evolucionista americana. En la discusión que el autor presenta, responsabiliza a los defensores de las jefaturas la interpretación de las fronteras, haciéndolas coincidir con los límites físicos, en relación directa con determinados cambios en los patrones de asentamiento, la existencia de vacíos ocupacionales y de fortificaciones que reflejan el desarrollo de un poder cohercitivo (sic) hacia el exterior y una competencia por la tierra (25).
En su aspecto interno, es donde cobra sentido teórico hablar de la interpretación de fronteras, o de algunos de sus aspectos integrantes, como elementos de disuasión o de expresión del poder frente a los grupos sociales más desprotegidos por parte de una minoría privilegiada. Creemos que tales aseveraciones expresan intentos loables de explicar las relaciones socioeconómicas de la antigüedad, pero que, en gran medida, son muy aventurados y no disponen del apoyo suficiente de una documentación arqueológica que los avale. Esta falta de datos supone, a veces, el planteamiento de modelos interpretativos claramente caóticos, por no decir contradictorios, ya que se superponen sin ningún orden aparente de relación aspectos que, en sí mismos, serían contraproducentes, salvo que quisiéramos adoptar una explicación semejante a la estructura territorial, económica y social propia del feudalismo, pero tratando de extrapolarla al ámbito prerromano.
La contradicción se establece, por ejemplo, cuando se pretende querer conjugar la existencia de estructuras arquitectónicas defensivas con la existencia de grupos sociales inferiores, dominados por una minoría privilegiada que organiza un sistema de explotación de la tierra a través de pequeños asentamientos abiertos (26), que son controlados desde un centro ciudadano fortificado. Pero, tampoco es creíble, de modo absoluto, que pequeños asentamientos agrícolas abiertos en el territorio rural de una ciudad respondan necesariamente a un control sobre los mismos, ejercido por los grupos privilegiados de los ciudadanos. Esto es un hecho que arqueológicamente, en el estado actual de nuestros conocimientos, es indemostrable, pudiendo darse otras muchas explicaciones razonables sobre su existencia. Como, por ejemplo, un simple aumento demográfico que obliga a parte de la población a buscar directamente sus recursos en el espacio rural, o que cambios económicos en el ámbito de la ciudad obliguen a la ruralización de determinados grupos. La historia está llena de ejemplos demostrados de que un deterioro de las actividades de intercambio en el espacio ciudadano lleve aparejado un incremento de los asentamientos rurales. Estas últimas interpretaciones sí podrían demostrarse arqueológicamente, si se pudieran tomas los datos necesarios a través de excavaciones sistemáticas.
Curiosamente, cuando esas dependencias rurales desaparecen, también se observa un abandono de la fortificación de la ciudad, como si la estructura defensiva y militar estuviese más en función del conciudadano oprimido que del posible enemigo. Es lo que encontramos en las explicaciones de la tesis doctoral de A. Mª Roos (27), que intenta explicitar una explicación socioeconómica desde el materialismo histórico de la sociedad tartésica, apoyada en el registro arqueológico del Cerro de los Alcores de Porcuna, pero en el que encontramos sintomáticos puentes de relación con las teorizaciones de los investigadores de la Universidad de Jaén, para tiempos ibéricos. En el capítulo V.3. de dicha tesis, explicando el proceso de desarrollo de la población de los Alcores desde el Bronce Pleno, se admite el Bronce Tardío como un momento de crisis económica, social y política, respecto del periodo anterior. Ello se expresa en la excavación con el abandono de unas importantes estructuras defensivas que son suplantadas por grandes edificios de planta rectangular, señalándose además que entonces no existe poblamiento disperso, evidentemente como novedad respecto de su presencia durante el Bronce Pleno. Si tratáramos de conjugar esos factores: fortificación y poblamiento disperso, por un lado; ausencia de fortificación e inexistencia de hábitat disperso, por otro; surge una contradicción, al menos aparente. Si nos olvidamos de la crisis, el abandono de una fortificación también puede responder a un sencillo cambio de relaciones con el vecino próximo: es decir, una mejora de las relaciones externas que, como mucho, solo afectarían al modo de control del espacio entre enemigos, ante lo que es difícil pensar que el poblamiento disperso se mantiene en un ambiente hostil y, sin embargo, cuando se extiende el ámbito de la pacificación, curiosamente es cuando los asentamientos dispersos desaparecen. Esta contradicción es del mismo carácter de la que se observa en la recreación del desarrollo de lo ibérico, en la pulsión irregular de espacios urbanos fortificados (oppida) con dependencias rurales abiertas, cuyas relaciones entre sí, al igual que las existentes entre los diferentes oppida, nunca ha sido expuesta con claridad (28).
Desde luego, la existencia del castillo medieval responde a una realidad muy diferente, si es esa la imagen que se trata de evocar (consciente o inconscientemente) en las interpretaciones del control del territorio expuesta. Desde cualquier otro punto de vista, nos parece claro que la presencia de una muralla debe estar reñida con la existencia de hábitat abierto y disperso en sus inmediaciones, porque la razón estratégica de la defensa, que pudiera aplicarse a momentos de tensión externa, es incompatible con la proliferación de asentamientos desguarnecidos en medio de un posible campo de batalla, o de un espacio más amplio de confrontación violenta.
Muchas veces, las murallas han servido como elementos de control para el acceso de productos y personas a ciertos núcleos habitados, funcionando más como una frontera comercial que militar. Esto es comprensible incluso si recordamos el valor que el intercambio tuvo en las sociedades protohistóricas peninsulares, donde sí parece aceptado que los grupos dominantes jugaron un papel primordial en el monopolio de esa actividad económica, asegurando no solo los bienes de prestigio, sino regulando la presencia de un stock suficiente que no pusiera en peligro la estabilidad económica local. Esto se podía conseguir con murallas en la ciudad, cuya puerta se cerraba durante la noche y se vigilaba convenientemente durante el día. En cuanto a los recintos fortificados y las torres vigías, su análisis quizás debiera centrarse en la conjugación topográfica con la distribución de las rutas comerciales; algo de sustancial importancia en la Península en tiempos prerromanos, donde sabemos que parte de la población participaba permanentemente en trabajos de mercenariado, una prueba inequívoca de problemas en la infraestructura laboral local, y cuando la falta de esa salida económica conducía inevitablemente a casos de bandolerismo. En este tipo de situaciones, la vigilancia de los caminos se convertía en una labor imprescindible para mantener suficientemente las actividades de intercambio, que podrían verse alteradas sustancialmente con la incidencia de aquel bandolerismo. Una peculiaridad muy conocida en tiempos de la República Romana, pero sin que olvidemos que este sistema de vida estuvo bastante arraigado en las poblaciones hispanas, por lo que no debe rechazarse su existencia en tiempos prerromanos (29).
Por otro lado, las pruebas del uso militar de ciertos vestigios murarios sólo deben ser aportadas por la arqueología y esta no siempre arroja evidencias de actividad castrense, menos  aún sin la recogida de datos se basa exclusivamente en el muestreo superficial. Las pruebas con que contamos a nivel arqueológico son muy parcas, sólo de un modo generalizado podría asegurarse una actividad militar de agresión y defensa, en tiempos tardíos ibéricos, en relación con los conflictos derivados de la Segunda Guerra Púnica.
En consecuencia, tampoco la arqueología nos permite hoy aseverar la existencia de fronteras en el mundo ibérico, y ello debido a las grandes dificultades metodológicas que se nos presentan en este tipo de investigaciones-Dificultades motivadas por la falta de excavaciones sistemáticas y estratigráficas, por la destrucción inevitable de los datos arqueológicos y, en general, por la falta de conocimiento general de los distintos poblamientos. Dificultades que se agravan si las investigaciones se apoyan únicamente en prospecciones superficiales, y no en excavaciones sistemáticas. Todos estos obstáculos hacen que las técnicas utilizadas para delimitar las fronteras entre los pueblos ibéricos se conviertan en meras hipótesis interpretativas, carentes de la suficiente credibilidad y escasamente demostrables. Por eso, para profundizar más en ello, y siguiendo las teorías defendidas por P. Moret, debemos referirnos a los dos aspectos que debemos tener en cuenta en el problema de fronteras: el primero, el de las propias estructuras defensivas (murallas, fortines, torres vigías, etc.); el segundo, el de los poblados mal llamados dependencias rurales (30).

Vista aérea de la muralla del poblado prerromano de Pajares, Osuna, Sevilla.
A partir de un original de F. Didierjean, 1983.

Por lo que respecta al primer aspecto, al que ya hemos hecho algunas referencias, tendríamos que añadir que, pese a las dificultades que entraña cualquier interpretación en el sentido que estamos debatiendo, algunos autores como A. Ruiz y M. Molinos han creído ver clara en tiempos iberos la existencia de toda una línea de torres, murallas o fortines repartidos sobre posiciones dominantes en el Alto Guadalquivir, donde incluso han señalado una clara frontera política en el siglo VI a.C., que estaría materializada por tres pequeños recintos fortificados, o por torres aislada, establecidas en los confines de la Campiña de Jaén y de la Vega del Guadalquivir (31). Pero estas evidencias arqueológicas sobre las que sustentan su trabajo son evidentemente muy escasas y, por sí mismas, insuficientes. No es posible, por tan sólo un elemento de forma turriforme deducir una frontera militarizada, cuando además tampoco podemos asegurar taxativamente el uso real que pudo tener tal fortificación durante su vida útil.
Similares interpretaciones se han hecho para el pueblo de los edetanos, ubicados en la región valenciana (32), donde al parecer la reconstrucción del territorio y de su zona fronteriza se ha basado en el reconocimiento de varios recintos fortificados y provistos de una torre. Pero tales elementos eran comunes a los poblados cercanos situados en las llanuras, por lo que no parece que tuvieran una dedicación especial de puestos fronterizos militarizados, ni tampoco se puede demostrar que existieran allí agrupaciones militares destacadas para la defensa de sus fronteras.
Por otro lado, no parece probable que los pueblos prerromanos de Andalucía Oriental dispusiesen de los medios políticos y económicos para soportar la carga que representa la puesta en funcionamiento y el mantenimiento de una red de fortines, de un verdadero limes, o frontera militar, similar al que dispusieron los romanos tras la Segunda Guerra Púnica, o incluso mucho más tarde. El hecho de que exista una intercomunicación entre los poblados cercanos no quiere decir siempre que deba existir una organización política preestablecida, sino que cada pueblo en su propio interés podía dotarse de una torre o sistema defensivo cualquiera, que le permitiera intercambiar señales con sus vecinos, para así comunicarse en caso de peligros comunes. Pero no parece deducirse de ello la existencia de una red organizada y rígida desde arriba, desde una capital, cuya importancia real nos parece que ha sido sobrevalorada, al menos en las regiones de Andalucía Oriental (33).

En cuanto al segundo aspecto, es decir, el problema de las dependencias rurales, han sido también los arqueólogos de la Universidad de Jaén los que han elaborado una serie de trabajos sobre el mundo ibérico en los que intentan demostrar que la existencia de fortificaciones son una pieza clave para hablar de la sociedad ibérica como una institución jerarquizada basada en la servidumbre de las poblaciones rurales. Al principio, concebían los recintos fortificados, las turres, como una especie de atalayas de vigilancia de las distintas aglomeraciones urbanas, o incluso para servir de protección al oppidum, que sería la capital (34). Aunque, más adelante, la constatación arqueológica de la desaparición de los recintos de pequeño tamaño en la Campiña del Alto Guadalquivir, a mediados del siglo V a.C., les ha obligado a privilegiar el oppidum fortificado, en el que se concentra el grueso de la población y a partir del que las aristocracias locales ejercen su poder sobre la masa de los dependientes ligados a su grupo gentilicio, sin excluir tampoco la aparición de turres aisladas, ya a finales del siglo III a.C.
Sus argumentos, como ha señalado P. Moret, adolecen de una doble debilidad, tanto en el plano arqueológico como en el histórico (35). La debilidad arqueológica se establece porque ni en el siglo VI a.C., ni en el III a.C., es posible hablar de una red de turres extendida en el conjunto del territorio; es decir, que a lo sumo puede suponerse su existencia, en ningún caso aceptarlo como un axioma inabordable, sobre el que sustentar otras interpretaciones de mayor calado. Además, ni en el análisis de los ajuares funerarios, ni en el estudio de las estructuras de hábitat, caben evidencias que permitan distinguir formalmente en la población de estas regiones un categoría de servidores o de servidumbre rural. Ni siquiera los autores que defienden esta posición parecen capaces de ponerse de acuerdo en estas cuestiones: el mismo P. Moret matiza que, por los hallazgos de ajuares de las tumbas no pueden establecerse meridianamente dónde estaban las clases privilegiadas (36), mientras que A. Ruiz y M. Molinos no encuentran dificultad para establecer esos niveles de jerarquización social a través de las necrópolis (37), entre otras cosas (38). De cualquier modo, todo parece producto de una interpretación más o menos elaborada, porque pasar más allá de explicar que en la sociedad ibérica había diferencias económicas y sociales sustanciales, y convertir esas diferencias en un complejo mundo en el que existen arostócratas y servidores, regidos por una concreta estructuración política, puede ser considerado por lo menos algo exagerado, porque no olvidemos que la evidencia arqueológica es menos expresiva de lo que se pretende, y los documentos escritos –incluso los contemporáneos– son confusos y contradictorios en su explicación.
Otra explicación sobre los elementos funerarios y la lectura social de los iberos puede encontrarse en autores como J. A. Santos Velasco (39), para quien es exagerado hablar de estructura estatal, aunque ya existen dos elementos que están en la génesis del Estado: las clases sociales y la coerción (40). Este autor llama la atención sobre el peligro que se corre al pretender extraer una interpretación política de una simple estructura social, ya que aquella debe basarse en su propia definición política y no solo cuando lo hace la estructura social.
Aquella debilidad también es histórica, puesto que sus hipótesis se basan únicamente en un documento epigráfico: la inscripción del Bronce de Lascuta, o Turris Lascutana, dudosa y controvertidamente interpretada por J. Mangas (41), pero trabajo en el que A. Ruiz y M. Molinos basaron sus lecturas arqueológicas sobre la servidumbre ibérica (42). El documento (43), por otra parte, ha suscitado diversas interpretaciones y, en muchos casos, contradictorias entre sí. Se trata de una inscripción que conserva parte de un decreto emitido por Paulo Emilio en el año 189 a.C. en favor de los habitantes del lugar llamado Turris Lascutana, cuyos pobladores se encontraban reducidos, en el momento de la conquista romana, a la condición de servei (siervos o servidores), bajo la dependencia de la ciudad de Hasta o Hasta Regia, (Hastesium servei), una importante ciudad del Bajo Guadalquivir, que está perfectamente localizada en Mesas de Asta, Jerez de la Frontera, Cádiz (44). La dependencia no concernía sólo a sus gentes, sino también a sus bienes, a su territorio y a su ciudad (agrum oppidumque).
En nuestra opinión, la inscripción, al estar fechada en el año 189 a.C., lo que refleja es la situación concreta en la que se encontraba dicha población en esos momentos. Ahora bien, dicha situación ¿se daba también dos o tres siglos antes: es decir, en época ibérica o turdetana, como han supuesto los arqueólogos giennenses, siguiendo a J. Mangas? Solo, si fuera así, se podría utilizar este texto para explicar las relaciones sociales del mundo ibérico prerromano. Creemos, sinceramente, que no, puesto que es imposible demostrar que la situación reflejada por la inscripción reseñada sea la misma que se podría haber dado en los siglos VI o V a.C.
Casi todos los historiadores que se han ocupado de este texto han admitido, sin apenas discusión, que en él se reflejaba la organización de las sociedades indígenas del sur peninsular. Sin embargo, ya M. Rodríguez de Berlanga apuntó la idea de que en estos territorios que estuvieron sometidos por los cartagineses durante bastante tiempo, podrían haber existido situaciones derivadas de influencias fenicias, introducidas en la Bética por los colonos tirios que fueron tan frecuentes por estas regiones (45). Más recientemente, L. García Moreno, retomando la vieja idea de Berlanga, señaló que esta región del Bajo Guadalquivir presentaba a fines del siglo III caracteres muy originales, que se remontarían claramente a Cartago, que las había creado en su área de dominación hispánica (46). Para este autor, no se trataría de una servidumbre propiamente turdetana, sino que procedería de un modelo púnico, consistente en la esclavitud que el estado cartaginés imponía a las comunidades conquistadas. No creemos tampoco acertada esta interpretación por falta de pruebas concluyentes, ya que es imposible probar que Cartago hubiera permitido en el Sur de la Península un sistema de servidumbre de unas comunidades sobre otras, en vez de la dependencia directa del propio Estado cartaginés, como era habitual entre los púnicos.
Pero la interpretación de García Moreno tiene el enorme mérito de señalar las profundas diferencias entre el Bajo y el Alto Guadalquivir, en lo relativo a organización social, política y económica. Hay indicios claros de influencias fenicio-púnicas en estas poblaciones de la Baja Andalucía, como en la propia Asta Regia; indicios serían, por ejemplo, la existencia de lazos privilegiados entre las ciudades turdetanas de la región del Delta y las colonias semitas de extremo occidente, tal como habría que interpretar el texto de Estrabón (III,2,2) refiriéndose a Asta, cuando dice «Asta, donde los gaditanos tienen asambleas muy frecuentemente»; otro indicio sería la existencia en la misma Lascuta, en época republicana, de monedas libio-fenicias, escritas con alfabeto neopúnico, o el propio topónimo que acompaña a Asta, Regia, que recuerda los Zama Regia, Bulla Regia e Hippo Regius, como residencias de sos soberanos númidas (47). Esos indicios no aparecen, en modo alguno, en las regiones interiores de Andalucía Oriental. Por eso, la utilización de este documento epigráfico como prueba evidente de la organización social del mundo ibérico en las regiones del Alto Guadalquivir es totalmente inadecuada y totalmente carente de sentido. Seguramente, que la sociedad ibérica conociera alguna forma de dependencia o de servidumbre rural, probablemente sea una hipótesis de trabajo plausible, pero ni los textos clásicos, ni los datos arqueológicos disponibles en la actualidad pueden ser empleados de manera fiable, en aras de apoyar dicha aseveración.

Como conclusión final, podemos afirmar que, en base a la documentación actual, tanto histórica como arqueológica, es imposible delimitar las fronteras existentes entre los pueblos que poblaron Andalucía Oriental en tiempos ibéricos. Ni los textos reflejan nada, ni los elementos arqueológicos analizados (estructuras defensivas, torres o murallas, principalmente) nos han servido para avanzar en el problema de las fronteras. Tampoco el análisis del control del territorio o la dependencia de unos poblados indígenas sobre otros, como en el caso de la Turris Lascutana con respecto a Hasta Regia, permiten obtener mayores resultados que los que ya teníamos. En consecuencia, el problema de las fronteras en el mundo ibérico nos parece irresoluble, por el  momento, por lo que las interpretaciones que desde el materialismo histórico se han hecho sobre estos problemas solo resultan de gran interés, como hipótesis interpretativas de carácter histórico, pero sin el apoyo de datos fehacientes y tangibles que puedan asegurarlas.

Granada, enero de 1998

Estructuras avanzadas de la muralla de cierre de la Mesa de Fornes, Granada. (© J.A. Pachón, 2015)
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NOTAS

(1) Aunque bastante conocida en los círculos arqueológicos, conviene recordar aquí su declaración de principios teóricos [RUIZ, A., et al., Arqueología en Jaén (Reflexiones desde un proyecto arqueológico no inocente), Jaén, Diputación Provincial, Jaén, 1986]
(2)  Sobre todo desde la tesis de doctorado del propio Arturo Ruiz Rodríguez (RUIZ, A.: Poblamiento ibérico en el Alto Guadalquivir. Tesis Doctoral. Univ. Granada, 1978).Aunque la concreción de todas esas teorías en la arqueología ibérica se desarrollaron plenamente en RUIZ, A. y MOLINOS, M., Los Iberos. Análisis arqueológico de un proceso histórico, ed. Crítica, Barcelona, 1993. Trabajo donde se recogieron todas las investigaciones previas de los autores, así como del grupo de la Universidad de Jaén, sobre la temática de referencia.
(3)   HERNANDO, A., “Enfoques teóricos en Arqueología”, Spal, 1 (1992), Sevilla, 1993, pp. 11-35.
(4)  DOMÍNGUEZ, E. L., “La Verdad inexistente: Arqueología y reflexión filosófica”, Spal, 6 (1997), Sevilla, 1999, pp. 9-22; ORIA, M., “El estado de la Arqueología Clásica en España: propuestas para un debate necesario”, Spal, 8 (1999), Sevilla, 2000, pp. 9-19.
(5)  GARCÍA, E., “Tras las huellas de Kant o sobre el ser y el conocer en Arqueología (ofrenda filosófica al profesor Vallespí”, Spal, 9 (2000), Sevilla, 2002., pp. 507-524.
(6)  DOMÍNGUEZ, E. L., “Arqueología y territorio: de la ‘interpretación arqueológica’ al ‘dato histórico’, Spal, 10 (2001), Sevilla, 2002, pp. 109-122.
(7) Un análisis historiográfico sobre las nuevas tendencias puede aún seguirse en el todavía vigente trabajo de HERNANDO, A.: “Enfoques teóricos en Arqueología”, Spal, 1 (1992), Sevilla, 1993, pp. 11-35. 
(8) En este sentido, las últimas medidas de protección, encomendadas al SEPRONA, están llegando, en muchos casos, tarde y no siempre en el volumen que requeriría tan constante deterioro.
(9) Los trabajos referentes al tema de fronteras han sido recogidos en el volumen trece del Coloquio sobre Arqueología Espacial, Teruel, 1989.
(10) Baste recordar la citada obra de RUIZ, A. y MOLINOS, M, (1992), referida en la nota 2 y comparar las diferencias fundamentales que entraña frente a la clásica publicación de ARRIBAS, A.: Los Iberos, ed. Aymá, S.A., Barcelona, 1965. Diferencias achacables a buena parte de los cambios producidos en la investigación protohistórica y prerromana peninsular, pero que no deben ocultar tampoco que, en muchos aspectos, esos cambios se asientan en enunciados apriorísticos que resultan difíciles de justificar con datos arqueológicos fiables y contrastables.
(11) Contrástese el contenido de nuestra ponencia: PASTOR, M., CARRASCO, J. y PACHÓN, J.A.: “Paleoetnología de Andalucía Oriental (Etnogeografía)”, en ALMAGRO-GORBEA, M, y RUIZ, G. (Eds.): Paleoetnología de la Península Ibérica. Complutum, 2-3. Madrid, 1992, pp. 119-136. (https://revistas.ucm.es/index.php/CMPL/article/viewFile/CMPL9292120119A/30034).
(12) ESCACENA, J.L.: “La etapa precolonial de Tartessos. Reflexiones sobre el «Bronce» que nunca existió”, Tartessos 25 años después (1968-1993), Jerez de la Frontera, 1995, pp. 179-214.
(13) ESCACENA, J.L.: “De la muerte de Tartessos. Evidencias en el registro poblacional”, Spal, 2 (1993), Sevilla, 1995, pp. 183-218.
(14) BELÉN, Mª, ESCACENA, J.L,, ANGLADA, R., JIMÉNEZ, A., PARDO, Mª R. y PASCUAL, A.: “Arquitectura de tradición fenicia en Carmona (Sevilla)”, Spal, 2 (1993), Sevilla, 1995, pp. 219-24; BELÉN, Mª,ANGLADA, R., ESCACENA, J.L,, JIMÉNEZ, A., LINEROS, R. y RODRÍGUEZ, I.: Arqueología en Carmona, Sevilla. Excavaciones en la Casa Palacio del Marqués del Saltillo, Colección Arqueología, Monografías, 2. Junta de Andalucía, Sevilla, 1997. ÍDEM: “Presencia e influencia fenicia en Carmona. El conjunto del Saltillo”, IV Congreso Internacional de Estudios Fenicios y Púnicos, vol. IV, Cádiz, 2000, pp. 1747-1761.
(15) BELÉN, Mª y ESCACENA, J.L.: “Acerca del horizonte de la Ría de Huelva. Consideraciones sobre el final de la Edad del Bronce en el Suroeste Iberido (sic)”, RUIZ GÁLVEZ, Mª L. (Ed.): Ritos de paso y puntos de paso. La Ría de Huelva en el mundo del Bronce Final europeo, Complutum Extra, 5, Madrid, 1995, pp. 85-113.
(16) Op. Cit. nota 2, pp. 119-126, especialmente.
(17) MORET, P. Les fortifications ibériques. De la fin de l’Âge du Bronze à la conquête romaine, Collection de la Casa de Velázquez, 56. Madrid, 1996. Obra que es el resultado editorial de la Tesis Doctoral que su autor presentara en la Sorbona, en 1992.
(18) MORET, P.: Op. Cit. passim, pp. 272-285.
(19) Puede servirnos de ejemplo la siguiente tesis doctoral centrada en época orientalizante, pero fácilmente extendible a los periodos que aquí se estudian (ROOS, A-M. : La sociedad de clases, la propiedad privada y el Estado en Tartesos. Una visión de su proceso histórico desde la arqueología del ‘Proyecto Porcuna’. Universidad de Granada, 1989).
(20) FORTEA, J. y BERNIER, J.: Recintos y fortificaciones ibéricos en la Bética, Salamanca, 1970, pp. 136 ss.).
(21) RUIZ, A, y MOLINOS, M.: “Poblamiento ibérico en la Campiña de Jaén. Análisis de una ordenación del territorio”, I Jornadas de Metodología de la Investigación Prehistórica, Soria, 1981 (1984), pp. 426-429.
(22) MONTILLA, S. et alii.: “Análisis de una frontera durante el horixonte ibérico en la depresión Priego-Alcaudete”, Arqueología Espacial, 13, Teruel, 1989, p. 147.
(23) MORET, P.: “Fortins, ‘tours d’Hannibal’ et fermes fortifiées dans le monde ibérique”, Mélanges de la Casa de Velázquez, XXVI (1), 1990, pp. 25-43.
(24)  CHAPMAN, R.: La formación de las sociedades complejas. El sureste de la península ibérica en el marco del Mediterráneo occidental. Editorial Crítica. Barcelona, 1991.
(25) NOCETE, F.: “Jefaturas y territorio: una visión crítica”, Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada, 9 (1984), Secretariado de Publicaciones, Granada, 1988, p. 297. (http://revistaseug.ugr.es/index.php/cpag/article/view/1238/1428).
(26) Problema ya formulado hace, prácticamente, una década (MOLINOS, M..,RUIZ, A. y NOCETE, F.: “El poblamiento ibérico en la campiña del Alto Guadalquivir: proceso de formación y desarrollo de la servidumbre territorial”, I Congreso Peninsular de Historia Antigua, vol. II, Santiago de Compostela, 1988, pp. 79-88.
(27) ROOS, A. Mª: Op. Cit., nota 19. 
(28) Una síntesis de estas cuestiones puede seguirse en RUIZ, A.: “Los Iberos y su espacio”, Los Iberos. Príncipes de Occidente, Catálogo de la Exposición, Barcelona, 1998, pp. 77-89.
(29) GARCÍA Y BELLIDO, A.: “Bandas y guerrillas en las luchas con Roma”, GARCÍA Y BELLIDO, A., THOMPSON, E.A., BARBERO, A., SCHTAJERMAN, E.M., VIGIL, M. y PRIETO, A.M.: Conflictos y estructuras sociales en la Hispania Antigua. Ed. Akal, Madrid, 1977, pp. 13-60.
(30) MORET, P.: Op. Cit., nota 17, pp. 282 ss.
(31) RUIZ, A. et alii.: “El poblamiento ibérico en el Alto Guadalquivir”, Iberos, Jaén, 1985, pp. 242 ss.; RUIZ, A.: “Etnogénesis de las poblaciones pre-romanas de Andalucía Oriental”, Paleoetnología de la Península Ibérica, Complutum, 2-3, Madrid, 1992, pp. 107 ss.; RUIZ, A. y MOLINOS, M.: “Fronteras: un caso del siglo VI a.n.e.”, Arqueología Espacial, 13, Teruel, 1989, pp. 128-129; ÍDEM: Op. Cit., nota 2, pp. 111 ss.
(32) BERNABÉ, J. et alii.: “Hipótesis sobre la organización del territorio edetano en época ibérica plena: el ejemplo del territorio de Edeta/Lliria”, Iberos, Jaén, 1985, pp. 137-156; BONET, H. y MATA, C.: “Las fortificaciones ibéricas en la zona central del País Valenciano”, Fortifications, Manresa, !990, pp. 24-31.
(33) RUIZ, A. y MOLINOS, M.: Op. Cit., nota 21, pp. 426 ss.; RUIZ, A.: “Ciudad y territorio en el poblamiento ibérico del Alto Guadalquivir”, Asentamientos ibéricos, Madrid, 1986, pp. 9-19.
(34) MOLINOS, M., RUIZ, A. y NOCETE, F.: “El poblamiento ibérico en la Campiña del Alto Guadalquivir: proceso de formación y desarrollo de la servidumbre territorial”, I Congreso Peninsular de Historia Antigua, vol. II, Santiago de Compostela, 1988, pp. 84 ss.
(35) MORET, P.: Op. Cit., nota 17, p. 282.
(36) MORET, P.: Op. Cit., nota 17, p. 283.
(37) RUIZ, A. y MOLINOS, M.: Op. Cit., nota 2, pp. 207 ss.
(38) ÍDEM: Op. Cit., nota 2, pp. 181 ss
(39) SANTOS, J.A.: “Reflexiones sobre la sociedad ibérica y el registro arqueológico funerario”, Archivo Español de Arqueología, 67. CSIC, Madrid, 1994, pp. 63-70.
(40) ÍDEM: Op. Cit. Supra, p. 69.
(41) MANGAS, J.. “Servidumbre comunitaria en la Bética prerromana”, Memorias de Historia Antigua, I. Oviedo, 1977, pp. 151-159.
(42) RUIZ, A. y MOLINOS, M.: “Tribus y ciudades: planteamiento de un sistema de contradicciones en la estructura del Estado de los pueblos ibéricos del Sur de la Península Ibérica”, Studia Historica, VI. Homenaje al prof. Marcelo Vigil, II. Salamanca, 1988, pp. 53-60.
(43) El texto de la inscripción es el siguiente: L. Aimilius L.f. impereirator decrevit / utei quei Hastensium servei / in Turri Lascutana habitarent / leiberei essent; agrum oppidumqu(e) / quod ea tempestate posedisent / item possidere habereque / iousit dum poplus senatusque / Romanus vellet. Act(um) in castreis / a D. XII k. Febr. (Cf. CIL, II, 5041; 12 614, ISL, 15; RICCOBBONO, Leges, p. 305; D’ORS, A.: Epigrafía jurídica de la España Romana, Madrid, 1953, pp. 349-352; HÜBNER, E.: “Ein Deret des L. Aemilius Paulus”, Hermes, 1869, pp. 243-253; RODRÍGUEZ DE BERLANGA, M.: Los Bronces de Lascuta, Bonanza y Aljustrel, Málaga, 1881, pp. 491 ss; SAUMAGE, Ch.: Le droit latin et les cités roamines sous lÈmpire, Paris, 1965, pp. 60-70; VIGIL, M.: Historia de España Alfaguara. Edad Antigua, I. Madrid, 1973, pp. 250-252; MARCO, F.: “La manumissio oficial de Emilio Paulo en el marco de la política internacional romana del siglo II a.C.”, Epigrafía hispánica de época romana republicana. Zaragoza, 1986, pp. 219 ss; HIDALGO, Mª J.: “El Bronce de Lascuta: un balance historiográfico”, Studia Historica - Historia Antigua, VII. Salamanca, 1989, pp. 59-65.
(44) SCHULTEN, A.: “Asta Regia”, Archivo Español de Arqueología, XIV, Madrid, 1940-41, pp. 214 ss: ESTEVE, M.: “Contribución al conocimiento de Asta Regia”, Miscelánea Arqueológica Jerezana. Centro de Estudios Históricos Jerezanos, 1941. Jerez, 1979, pp. 27-58; ÍDEM; “Las excavaciones de Asta Regia (Mesas de Asta, Jerez). Campañas 1949-1950 y 1955-1956", Centro de Estudios Jerezanos, 19, Jerez, 1962; ÍDEM: “Asta Regia, una ciudad tartésica”, V symposium Internacional de Prehistoria Peninsular (Jerez, 1968), Barcelona, 1969, pp. 11-118; ÍDEM: Historia de unas ruinas (Mesas de Asta, Jerez), Instituto de Estudios Gaditanos, Serie Argantonio, Jerez, 1971; FERREIRO, M.: “Asta Regia según los geógrafos antiguos”, Gades, 9, Cádiz, 1982, pp. 155-177; ÍDEM: “Inscripciones relativas a Aata Regia”, Gades, 11, Cádiz, 1983, pp. 85-104; GONZÁLEZ, R., BARRIONUEVO, F. y AGUILAR, L.: “Mesas de Asta, un centro indígena tartésico en los Estrechos del Guadalquivir”, Actas del Congreso Conmemorativo del V Symposium Inrternacional de Prehistoria Peninsular. Tartessos 25 años después. 1968-1993, Jerez de la Frontera, 1995, pp. 215-238.
(45) RODRÍGUEZ DE BERLANGA, M.: Op. Cit., nota 43, pp. 538 ss. 
(46) GARCÍA, L.: “Sobre el decreto de Paulo Emilio y la Turis Lascutana”, Epigrafía hispánica de época romano-republicana (Zaragoza, 1983), Zaragoza, 1986, pp. 195-218.
(47) CAMPS, G.: “Massinisa ou les débuts de l’histoire”, Lybica, VIII, 1960, pp. 212 ss.